LIBROS, DVDS Y CINTAS DE VÍDEO

 

estantería

Los maestros nunca se van.

Bueno en realidad nadie se va nunca.

La desaparición de Daryl me ha trastornado y entristecido como a muchos otros que, bien lo conocieron, bien disfrutaron de su trabajo a través de su extraordinaria producción audiovisual para magos.

También se ha ido Bob Cassidy, un científico del mentalismo.

Al enterarme, mi primer impulso ha sido acudir a la estantería donde guardo mis libros y DVDS de magia.

No ha sido complicado localizar a Daryl. Trabajos suyos como el de la carta ambiciosa, el de pases de trileros o la serie Revelations han sido impagables para mí. Una enorme fuente aprendizaje y alimento para gran parte de mi repertorio real durante años.

Sin embargo, al buscar el único libro que tengo de Bob Cassidy, mi frustración es total. No está. Ha desaparecido de mi librería.

De pronto siento un enorme fastidio. Algo que das por hecho, que olvidaste que tenías, de repente, en un instante, se convierte en lo más importante de tu vida.

Busco, busco y rebusco, y aunque por el camino voy descubriendo cosas olvidadas que reclaman mi interés, mi frustración va a más porque el ansiado libro no aparece.

¿Has tenido esa sensación alguna vez? Cuánto más lo buscas, más lo echas en falta.

Sin embargo tiene que estar aquí. Recuerdo sus juegos excelentemente construidos, sus principios de mentalismo, sus ingeniosos manejos de papeletas…

Al final desisto. Supongo que me lo llevé a  alguna parte. Tal vez esté en en el pueblo en casa de mis padres. A lo mejor se extravió en algún viaje, o quizá se lo presté a alguien, aunque esto lo dudo porque, salvo contadísimas ocasiones, no presto libros jamás.

Contemplo una vez más la estantería que cubre toda la pared. Un dineral gastado en magia. ¿Pero se puede poner precio al conocimiento que te permite construir lo imposible? De repente me acuerdo de un cajón secreto.

Lo abro. ¡Qué va! Otro intento frustrado.

Es mi área pirata, un puñado de discos grises con nombres de rotulador permanente que el tiempo ha ido borrando y que no se sabe ya de quiénes son, pero que fueron fundamentales para mi aprendizaje cuando era adicto a la información mágica y no tenía un centavo para pagarla.

Entonces caigo en la cuenta de una diferencia personal en cuanto al uso de libros y DVDs.

Soy consciente de que un DVD lo puedo volver más de una vez, sólo por el placer de volver a ver la actuación y la reacción de los espectadores, aunque a veces sea tan afectada como en vídeos de L&L publishing (John, Oh my God).

En cambio los libros, los estudio religiosamente, con un proceso minucioso (que en algún futuro artículo compartiré contigo, si quieres acompañarme), les saco todo el jugo y me olvido de ellos para siempre.

Rara vez los vuelvo a consultar.

También cometo el error de no probar ciertos juego en público, sólo porque no me parece interesante el efecto que leo en la descripción.

Y sin embargo, ¡cuántas veces mi amigo Voty me ha sorprendido con juegos de libros que supuestamente yo ya había estudiado!

Sólo valoré los efectos cuando me explotaron a la cara.

¿De dónde sacaste ese efecto?

Está en el libro La Magia Pensada de Riobóo que me recomendaste el mes pasado.

Moraleja: prueba los efectos de tus libros, aunque, a priori, por la descripción, no te parezcan muy efectivos en un primer momento.

En esto, el DVD se apunta el tanto. Ves el efecto realizado, y a veces la reacción de unos espectadores (más o menos genuina, pero no importa, porque la tuya sí que lo es).

Hablando de DVDs, qué maravilla la enseñanza privada que en ellos recibes de los maestros. Te lo explican todo con suma paciencia, una y otra vez, a cualquier hora del día, o de la noche.

Con los cintas de vídeo también rebobinabas pero a otro ritmo. El tiempo llevaba otra cadencia entonces.  Me contaba Luis Arza la celebración del fin de semana de varios magos ojipláticos alrededor de una cinta que había llegado de Estados Unidos tras meses de sequía. ¡Todo un acontecimiento!

Una cinta que guardabas en una caja de Faraday, si no querías que se desvaneciese poco a poco su contenido por arte de magia…

Daryl. De repente soy consciente de lo que te debo. La mayoría de los pases de mi rutina de cartas ambiciosa, ésa que realizo en situaciones de cocktail e informales de pie, sus pases los aprendí de ti. Y mi rutina de trileros, ¿qué habría sido de ella si Darwin Ortiz y tú no me hubierais enseñado de primera mano sus pases en sendos libro y DVD.

Tu forma de revelar la segunda carta en el Chicago Opener también me hizo reflexionar sobre el potencial del atisbo para elevar la fuerza clímax de un efecto hacia el infinito.

Gracias a los maestros. A lo que están. A los que se fueron.

Si finalmente conoces a algún maestro que estuvo enseñándote en la intimidad de tu salón a través de tu reproductor DVD o de un libro, dale las gracias como si te fuera la vida en ello.

Recuerdo el brillo de los ojos de Michael Ammar cuando le estreché la mano agradeciéndole todo su trabajo. Y cómo se puso a enseñarme un pase determinado, sólo por tener, por un vez en la vida, un momento de transmisión directa, no virtual.

Lo mismo me sucedió con el gran Colombini.

 

Y cuando -vía mensaje de Facebook- llegué a Gérard Majax, quien despertó mi vocación de niño en mi infancia en Albi.

Gracias a los maestros.

Y así es como, inmerso en esta sensación de gratitud y dando vueltas en mi silla giratoria como, sin esperarlo, reaparece ante mis ojos el libro de Cassidy.

Gracias a los maestros presentes y ausentes, ausencia falaz porque en realidad todos sigues presentes.

Gracias por hacernos soñar, por permitirnos construir lo imposible. Como esa bella ciudad de cristal del poema de Mallarmé, un instante antes de que un rayo surja del cielo y lo haga todo añicos.

Coloco el DVD de esponjas de Daryl en el reproductor DVD. Y aquí está el maestro: presente, elocuente, preciso en sus explicaciones, radiante de entusiasmo y energía.

Y mi tristeza se esfuma de inmediato.

Confirmado.

Los maestros no se van nunca.

 

 

 

 

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