LA OBSESIÓN DEL BOLERO

 

Tic tac. Tic tac. Tic tac.

Estoy obsesionado con los boleros, es oficial.

PAUSA PRIMERA

El asunto empezó hace unas tres semanas al toparme con un CD recopilatorio en unos grandes almacenes de cuyo nombre no puedo olvidarme.

No sé qué me atrapó exactamente, pero al cabo de unos días mi mujer me tiró el CD por la ventana con el coche en marcha. Tal ha sido la saturación.

He desempolvado mi vieja guitarra, me he comprado un libreto de canciones latinas y anduve rasgando las cuerdas combinando acordes, arpegios y melodías susurradas, eternas.

Solamente una vez. Esta tarde vi llover (¡Qué armonía más exquisita!).

Y la que me obsesiona especialmente: Aquellos ojos verdes.

Puedes ponértela mientras lees este artículo. Así compartiremos la obsesión unos momentos, de modo que, al final, a lo mejor así consigo exorcizarla.

Aunque también me vale que te la quedes tú.

O puedes ponértela mientras ensayas una rutina. Así impregnarás tu práctica con su ritmo interno.

O puedes escucharla mientras te armas de valor para salir al escenario.

O al confesarle la verdad a esa persona amada.

Yo la tengo puesta mientra escribo este post.

PAUSA SEGUNDA

¿Me crees si te digo que funciono por obsesiones?

Algunas de ellas me duran años, otras, meses, muy pocas, toda la vida.

Pero las peores son las que sólo duran unos días. Aparecen sin fin ni razón, se ciernen sobre mí incesantemente… hasta que, al final, sin pelos ni señales, se desvanecen.

Sé que me lo tendría que hacer mirar.

Y lo hice.

PAUSA TERCERA

Me psicoanalicé yo mismo y llegué a algunas conclusiones.

¿Por qué los boleros?

Quizás por el puñetero ritmo. El reloj de una muerte anunciada. La belleza de lo efímero.

Empiezan como acaban. Estructura circular, eterna, como en las rutinas mágicas más redondas.

Si te fijas, en los boleros se escucha un tic tac de despertador antiguo.

Tic tac. Tic tac. Tic tac.

La belleza de lo efímero.

Quizá por las pausas, ésas que anticipan el exquisito final.

Si las cuentas, encontrarás cuatro en esta pieza.

Las pausas y silencios que el espectador rellena con sus delirios, sueños y caprichos.

Hasta la exquisita pausa final, la que anuncia el clímax.

Y esa sensación agridulce de orgasmo malogrado e interrumpido, demasiado breve, que nos deja con ganas de más.

Volverías a poner la canción nada más terminar, y eso a pesar del falso final propiciado por el intervención inesperada de la orquesta.

Volveríamos a poner la canción nada más terminar.

De hecho la ponemos.

Bueno, tú no. El que está obsesionado aquí soy yo.

Desde los finales sinfónicos de Tchaikovsky jamás disfruté tanto de un clímax repetido una y otra vez.

El clímax del que no podemos escapar.

La razón de ser de un buen juego de magia.

O quizá por el eco de la melodía que te persigue obsesivamente tras la escucha.

Como el eco de un efecto metafórico que resuena tras el clímax, semilla con opción a florecer.

PAUSA FINAL

Ya me siento mejor.

Me libré de mi obsesión.

Ya no volveré a escuchar Aquellos ojos verdes en voz de Nat King Cole.

Prometido.

Tic tac. Tic tac. Tic tac.

 

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