LA MAGIA Y EL ASOMBRO por Mariano Vílchez

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Este artículo es una revisión de uno original que publiqué en el blog Tertulias Mágicas Granadinas en noviembre del 2010. El número de lecturas del artículo fue tan alto en su momento que me he decidido a actualizarlo y a compartirlo en este espacio. 

El otro día dejó de funcionarme el mando del coche.

Como te digo…

Al salir de coche, me dispuse a cerrarlo con el mando.

Tras unos segundos absorto y bloqueado, me di cuenta de que estaba tratando de hacer algo imposible: estaba intentando cerrar el coche con un mando que ya no funcionaba.

Tras experimentar cierto fastidio, introduje la llave en la cerradura y –al modo tradicional- la giré, logrando al fin cerrar el coche.

Confieso que sentí cierto asombro al comprobar que el antiguo mecanismo seguía vigente. Esa sensación de cerrar manualmente me alivió, transportándome durante un instante a una época antigua, aquélla en la que los coches se cerraban girando la llave en la cerradura de la portezuela.

Al caminar hacia casa, de repente fui consciente de que había experimentado dos momentos de asombro en aquella experiencia.

El primero durante mi bloqueo al darle al mando una y otra vez compulsivamente hasta despertar de mi inconsciencia.

Y el segundo, cuando introduje la llave y se obró el milagro de que el antiguo y olvidado procedimiento siguiera funcionando.

Enseguida me pregunté si era correcto calificar ambas experiencia con el término de “asombro” y, si no, ¿por qué me entonces me había venido a la mente?

Han ido pasando los días y no he encontrado el momento de pasarme por el taller para reparar la avería del mando, por lo que he tenido que fastidiarme y volver al viejo proceso de cerrar y abrir a la antigua usanza, con el fastidio que ello supone, sobre todo cuando tienes que cargar con varias cosas recién sacadas del asiento trasero o del maletero, ya que tienes que dejarlas en el suelo para cerrar y luego has de hacer el esfuerzo de volverlas a coger, acto que te ahorras con el mando, ya que con un golpe de brazo o de pierna puedes cerrar la portezuela y a continuación darle al mando aunque tengas los brazos cargados.

Con ello he vuelto a ser consciente de la existencia de la cerradura de coche, ya que durante unos días (soy duro para cambiar de hábitos) me he empeñado en intentar abrir con el mando, olvidándoseme cada vez que el artilugio estaba jodido. Y siempre, a cada vez, he sentido el mismo fastidio de tener que acercarme a la puerta para meter y girar la llave una y otra vez.

De la primera experiencia y de las posteriores me surgieron un par de preguntas que dieron origen a este artículo.

¿En qué consiste exactamente el asombro y qué relación existe entre magia y asombro?

Según la RAE, el asombro es, en el sentido que nos interesa, gran admiración o extrañeza. En otra acepción, añade las dimensiones de susto o sorpresa.

A mi juicio, estos términos son insuficientes para delimitar el campo semántico de lo que yo entiendo por asombro.

Por ello, tras darle vueltas varios días al concepto y dejándome influir por el uso que se hace del término en otros contextos (magia, filosofía oriental, etc…), he decido establecer algunas aproximaciones personales a esta definición.

Ahí van.

El asombro es sorpresa, lo inesperado, lo que no tenía que suceder y sucede (o lo inverso, lo que debía suceder y no sucede).

El asombro es la resistencia a creer lo que se está viendo. Es mirar con interrogación en busca de un porqué para algo que no cuadra, que no puede ser en modo alguno.

Y en este sentido el asombro es una de las manifestaciones más supremas de la experiencia mágica.

Precisando el punto anterior y entrando ya plenamente en el dominio mágico, se puede decir que el asombro es el exquisito fenómeno mental que acaece en aquél que se empeña en mirar en busca de algún dato que contradiga la visión imposible de lo que está presenciando, al tiempo que intenta explicarse dicha visión.

El asombro es ese delicioso vaivén mental que va de lo visual a lo racional y viceversa.

Es como el espectador que presencia la revelación del Fuera de este mundo.

Si te fijas en su mirada, a menudo notas que está perdida en el tapete buscando una carta “descolocada” que suavice la imposibilidad de lo que está sucediendo, al tiempo que le está dando vueltas a cómo se ha podido llegar a tal situación, habiendo decidido él mismo el reparto de las cartas.

Al final, tras unos instantes de ir de la contemplación del tapete a la reflexión retrospectiva (y viceversa), el espectador se rinde al efecto.

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En algunos juegos de Paul Harris, esta experiencia adquiere un carácter peculiar.

De hecho, en algunos de sus efectos, el espectador no sólo puede cuestionarse visualmente lo que está viendo, sino que además puede interaccionar con los elementos mediante el tacto o la manipulación, en un intento de resistirse a la experiencia mágica.

Esa resistencia o ese “quedarse pillado” es similar a lo que me ocurrió a mí, cuando intentaba abrir el coche compulsivamente con el mando roto, sin ser consciente de que estaba en un bucle sin retorno, hasta que desperté de mi inconsciencia y me rendí a la inoperancia del mando.

Estos instantes de lucha arriba descritos, son para mí el quid del asombro. Sólo una vez que se superan (asumiéndose la derrota intelectual y la rendición a lo visual) se produce al fin el abandono a la experiencia mágica.

Te pongo, pues, un par de ejemplos del maestro Harris.

El primero es el Twilight Angels, efecto en el que uno de los ángeles ciclistas de la bicycle desaparece del dorso de la baraja para, al final del juego, reaparecer al lado del otro, pedaleando ambos en la misma dirección.

Por la naturaleza del efecto, al final del mismo, el espectador sospecha que el ángel consiste en algún tipo de calcomanía, por lo que procede a rascar el dorso en busca de la confirmación de su teoría. .

Al final tiene que rendirse a lo imposible.

Mi segundo ejemplo es otro efecto del maestro Harris que se realiza con dos monedas, una grande y otra pequeñita, por ejemplo 2 euros y 20 cms.

El juego se realiza en el suelo. En mi presentación hablo del modelo heliocentrista, en el que planetas como la Tierra giran alrededor del Sol.

Pongo la moneda de dos euros en el suelo y con la de 20 cms describo un círculo a su alrededor, emulando la trayectoria de la Tierra en torno al Sol.

Luego, digo que antiguamente se pensaba que la tierra estaba en el centro del universo y que todo giraba en torno a ella. Para ilustrarlo, dejo ahora la moneda de 20 cms en el centro y es la de 2 euros la que ahora hago girar en torno a esta primera.

Entonces afirmo que el creer algo con fuerza hace que eso sea una realidad para todos. Al tiempo que suelto esta idea, le toco un momento la frente al espectador.

Ahora le pido al espectador que mueva las dos monedas por el suelo. Así lo hace con la de 2 euros, sin embargo, cuando intenta mover la de 20 cms, no puede:

¡La moneda está literalmente pegada al suelo! 

Durante unos instantes, el espectador intenta en vano despegarla con ahínco, pero es en vano. Tras quedarse “pillado” unos momentos, al final se rinde al asombro más absoluto. De nuevo ha habido lucha previa antes de la rendición.

Según el budismo zen, el asombro está presente en el que se ha liberado de las cadenas del pensamiento y puede disfrutar de cada experiencia de la vida con la conciencia de los sentidos, imbuyéndose totalmente en ella y recuperando la fascinación por todo lo que existe.

Es una especia de felicidad continua de vivir cada momento sin preocupaciones, sin quedarse pillado en el pasado ni atado al momento por venir, contemplando cada cosa que ocurre en el presente como algo único, irrepetible y maravilloso.

La persona así liberada siente asombro por todo lo que le sucede. Todo le parece trascendente y especial, hasta las cosas más simples como fregar los platos o contemplar una fuente manando.

Es como retomar la mirada maravillada del niño ante las primeras manifestaciones del mundo exterior, una mirada que perdemos cuando salimos del dominio sagrado de la infancia.

¿Por qué perdemos esa mirada prístina de la infancia hasta el punto de que las cosas dejan de asombrarnos?

¿Por qué algunos adultos se resisten incluso a asombrarse con un buen efecto de magia?

Tres factores matan la magia del asombro:

El primer factor es la costumbre. El milagro de un sol que sale y se pone cada día es un hecho asumido, por lo que hemos dejado de valorarlo. El milagro de un televisor, de un teléfono móvil, del agua corriente, cosas a las que estamos acostumbrados, en algunos casos desde nuestra más tierna infancia.

Peor aún, la costumbre no solamente anula el asombro ante las cosas, sino que además hace que dejemos de verlas. Sólo cuando fallan o nos faltan, entonces es cuando volvemos a reparar en ellas.

Algo así me pasó cuando redescubrí la cerradura de mi propio coche, al tener que abrirlo manualmente.

La costumbre mina la relación amorosa más fuerte. Al principio, el simple roce de una mano estimula todo nuestra fisiología. Con el tiempo, paseamos cogidos de la mano con la persona amada y ni siquiera notamos el contacto.

También un efecto de magia puede perder impacto por la costumbre.

Si la rutina que realizamos tiene varias fases y es repetitiva (agua y aceite, ambiciosa, adivinación múltiple), el espectador puede acostumbrarse y empezar a dar por hecho el efecto, minusvalorándolo.

Una solución puede ser acentuar la dificultad de las condiciones o la claridad del efecto de forma progresiva (ya sea variando el método o reservando su máximo potencial para el final).

Pero hay algo peor aún. Y es que nuestra magia puede verse mermada por la costumbre en relación a nosotros mismos.

Realizar un juego una y otra vez puede hacer que nos cansemos de él, que dejemos de pulirlo y lo abandonemos en busca de nuevos efectos que parecen más atractivos de inicio pero luego son menos impactantes para el público.

Y no sólo eso, sino que a la hora de hacer estos efectos, los hacemos con menos energía y entusiasmo, sin pasión.

derren brown dailymail.co.uk

Derren Brown narra en su libro Pure Effect un anécdota que, según cuenta, cambió su forma de ver la magia (y de hacerla). 

Narra que en una ocasión Eugene Burger lo estuvo observando mientras hacía magia de cerca por las mesas en un restaurante. Al terminar, Eugene le dijo que los efectos le habían parecido buenos, pero que había echado en falta más entusiasmo y energía.

Estas fueron más o menos sus palabras:

“Para ti los efectos que haces en cada mesa son conocidos y rutinarios, pero piensa que esos 2 o 3 minutos de magia que les regalas a esos espectadores son totalmente nuevos para ellos. Es más, ésta puede ser la única oportunidad que tengan en su vida de presenciar magia de cerca. Tu breve actuación les puede suponer una anécdota que contarán durante años”. 

eugene burger blog.mcbridemagic.com

Y es cierto. Una vez leí que la probabilidad de que un profano presenciara la actuación de un mago de cerca en vivo era de 1.6 veces en la vida. Esta estadística debería estimularnos a dar siempre lo máximo en nuestras actuaciones.

Para ello también ayuda recordar la emoción que sentimos la primera vez que presenciamos el efecto que pretendemos realizar (o alguno similar), sabiendo que es esa misma emoción la que pueden llegar a sentir ahora los espectadores con nuestra actuación.

El segundo factor que mata el asombro es la racionalización, la explicación científica o técnica.

Saber la explicación científica de algo mata el asombro, aunque la explicación sea superficial y no la entendamos del todo.

Nos han contado que la tele es el resultado un bombardeo de electrones que dejan su luz en la pantalla… y blablablá. No sabemos muy bien cómo va –ni siquiera podemos concebir con claridad lo que es un electrón- pero sabemos que hay razones para que funcione. Y ya está. Se acabó el asombro. La damos por hecho, acostumbrados a ella, además, desde nuestra más tierna infancia.

Es paradójico. Recuerdo una anécdota donde un grupo de profesores de mi instituto asistimos a una charla sobre las nuevas pizarra digitales para el aula docente -una pura maravilla lo que se puede hacer con ellas, auténtica magia. 

Tras la charla, tomamos café y la situación se prestó a hacer una par de juegos. Hice una sencilla asamblea y un efecto de adivinación.

Los dos sencillos efectos causaron un fuerte impacto ante un grupo de gente que había asistido con total indiferencia a los milagros visuales de la pizarra digital, sólo porque sabían que tenía “explicación científica”.

Esta idealización de la ciencia se ha erigido en el nuevo mito de nuestra era -aunque los descubrimiento de la física cuántica empiezan a tambalearlo todo-.  Las teorías científicas se han mostrado inexactas, sucediéndose unas a otras, en busca de una verdad que nunca se termina de alcanzar.

Y entre tanto, grandes y pequeñas preguntas siguen sin respuesta.

¿Cuál es el origen del universo?

¿Dónde este la masa en las partículas elementales?

¿Por qué se atrae un protón y un electrón? ¿En dónde radica realmente la carga negativa y positiva?

Eso sí, la ciencia nos evita el tener que asombrarnos por lo que nos rodea, asumiendo y dando por hecho la magnificencia del cosmos.

Lo curioso es que quien no sabe de ciencias, o apenas algo, es el que antes pierde  su capacidad de asombro ante los fenómenos tecnológicos o de la naturaleza, ya que le confiera un gran poder a la ciencia por su desconocimiento. En cambio, muchos grandes científicos, conforme han ido avanzando en sus investigaciones, vuelven a recuperar su capacidad de asombro ante la magnificencia del cosmos y los nuevos principios que van descubriendo.

El tercer enemigo del asombro nos atañe especialmente a los magos. Es el hecho de que el profano se aferre a la lógica o al sentido común al presenciar magia. 

Hay espectadores que no quieren asombrarse, que tienen miedo de perder el control racional.

Para ellos la magia es poco más que habilidad, velocidad y mangas. Incluso cuando no encuentren explicación alguna, te terminan soltando:

Algún truco tiene que haber porque la magia no existe.

Se dicen a sí mismos que hay una causa para lo que han visto, aunque ellos no den con ella en ese momento. Con esta racionalización, evitan el tener que abandonarse a la emoción mágica.

Es complicado tratar con este tipo de espectador, que además se merecería un artículo aparte por el reto que supone.

Creo que una buena forma de actuar, es recurrir a juegos lentos y claros, poco o nada manipulativos, donde el mago apenas toca y lo hace todo (o casi todo) el espectador escéptico.

Por otro lado, puede ayudar adoptar un enfoque ficcional o trascendente de nuestra magia, de modo que estimulemos su imaginación con bellas ideas más allá del reto intelectual que se le plantea.

Tal vez con un poco de suerte logremos entonces regresarlo un poquito a la infancia, esa época de nuestra vida donde -al no estar acostumbrados a las cosas- experimentamos el asombro en su forma más pura.

Y quizá en eso radique uno de los mayores puntos fuertes de la magia. El devolvernos a la niñez, donde todo era emocionante, nuevo y asombroso: colores, sabores, capacidad de juego en cualquier lugar y con cualquier elemento.

Recuerdo una anécdota de mi viaje de novios al sur de Francia, país donde pasé toda mi infancia hasta los catorce años. Al volver veinte años después -y al poco de llegar- entré en una panadería en busca de los exquisitos bocados de la pastelería francesa que recordaba de mi infancia.

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Lo curioso es que, a pesar de lo apetitoso de aquellos dulces, no llegué a reencontrar el sabor que recordaba de mi niñez. Cuando le dije a mi mujer que los pasteles no eran los mismos que cuando era niño, mi mujer me espetó una gran verdad.

“Los pasteles son los de siempre. Tú eres quien ha cambiado”.

La magia nos devuelve a la niñez porque nos presenta hechos a los que no estamos acostumbrados porque son, entre otras cosas, imposibles. La magia nos lleva a asombrarnos por el hecho de que una carta firmada suba al lomo de la baraja una y otra vez, aunque seamos indiferentes al hecho de que cada día se ponga o salga el sol o al milagro de la conexión global de Internet.

Además, la magia nos devuelve a la consciencia de las cosas. Porque el asombro es la consciencia repentina de lo olvidado, Y ahí radica, en parte, la fuerza de la situación final ascaniana.

Aparte del contraste que supone –y por el propio contraste-, la situación final ascaniana cobra nueva luz y conciencia.

El espectador que contempla la baraja separada por colores tras la revelación del Fuera de este mundo nunca habrá sentido que una baraja está tan separada por colores como en aquella ocasión. La imposibilidad arroja consciencia a este separación, que se vuelve así luminosa. 

El espectador habrá visto barajas ordenadas varias veces en su vida, (siempre que haya sacada una baraja nueva del estuche) pero nunca habrá sido tan consciente de la belleza de una baraja ordenada como cuando, tras la octava faro del Ritual de iniciación, se queda contemplativo ante la reordenación final. 

pbackwriter.blogspot.com

El espectador habrá tenido alguna vez la experiencia de pegar algún objeto a la mesa o al suelo a lo largo de su vida (seguramente en su infancia). Sin embargo pocas veces sentirá que una moneda está tan pegada al suelo como al final del juego de las monedas de Paul Harris anteriormente citado.

Tras la lucha inicial de intentar despegarla -siente que es absolutamente imposible que esté pegada, pues la ha visto moverse instantes antes-, al final no tiene más remedio que ceder, experimentando de forma rotunda, que aquella moneda está pegadísima al piso, como nunca en su vida había sentido que ningún objeto estuviera pegado a ninguna parte.

Una vez más la situación final ascaniana se vuelve consciencia en la mente del espectador.

Por cierto ya me he acostumbrado a abrir y cerrar el coche girando la llave. Ya he dejado de pensar en ello y no soy consciente del proceso. El asombro de cerrar manualmente, en el sentido oriental de la palabra “asombro”, ha desparecido…

…Retomo este artículo porque finalmente he encontrado el momento y me he pasado por el taller. Me han cambiado la pila del mando y  – ¡Oh maravilla tecnológica!- he vuelto a sentir la mágica sensación de abrir y cerrar el coche a distancia.

Por desgracia sé que dentro de pocos días me acostumbraré de nuevo al mando y dejaré de valorarlo, como he dejado de valorar el agua corriente, la pantalla plana de mi ordenador o las vueltas que da mi planeta sobre sí mismo y alrededor de ese sol que sale y se pone a diario.

Ya no seré consciente de nada de eso porque habré olvidado como la mayoría de gente una gran verdad:

La verdad de que, en última instancia, todo lo que sucede en este increíble universo es fascinante… y mágico.

NOTA

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