J.J. Abrams y la misteriosa caja Tannen

J.J. Abrams, el creador de series como Lost, Fringe y Alias, así como de algunas de las últimas secuelas de Star Trek y Star Wars, cuenta en una charla Ted una experiencia maravillosa que lo marcó definitivamente cuando era niño.

Su abuelo lo llevó a una vez a la tienda de magia de Tannen en Nueva York. En esa ocasión le regaló una misteriosa caja de magia que costaba 15 dólares, aunque la promoción decía que el valor de contenido ascendía a unos 50.

El precio a pegar por este sustancioso descuento era que no sabías qué juegos que te llevabas exactamente.

El caso es que, cuando salieron de la tienda, su abuelo le pidió un favor personal. Tenía que esperar al menos una semana para abrir la caja.

El joven Jacob Jeffrey aceptó a regañadiente el reto de su abuelo.

Imagínate la situación. Eres niño. Te encanta la magia. ¿Habrías resistido resistir una semana sin abrir la caja?

Abrams se pasó cada día de la semana entera imaginando con mil detalles qué podía contener aquella caja. Cada día que pasaba, su firmeza se tambaleaba más y más…

 

En el fondo ésa es la grandeza del misterio.

El no saber.

Te sientas antes una pantalla blanca, las luces del cine se apagan. Todo es posible en ese momento.

Posibilidades infinitas, en términos de J.J. Abrams.

Es como cuando empiezas una relación, la deleite de revelar algo nuevo de ti a esa persona cada día, el de descubrir tú poco a poco cosas nuevas de ella.

El misterio es deseado y detestado al mismo tiempo. No encanta no saber, pero al mismo tiempo estamos deseando de llenar ese hueco del desconocimiento para sentir que todo encaja. Y ello nos empuja hacia adelante.

Es como la excitación sexual, nos encanta pero necesitamos resolverla y ese proceso nos mueve con una energía infinita…

Si has visto la serie Lost, lo entenderás. Cada capítulo formulaba una pregunta maravillosa, que se resolvía en el siguiente, al tiempo que surgía otra, y otra…

Una caja dentro de otra, sin parar.

Y cuando acaba una temporada, te llevas un mazazo por una revelación enorme, inesperada, de la que surgían infinitas preguntas, y así…

La esencia de la magia es el misterio, profundo e insondable.

Nos flipa lo imposible, necesitamos resolverlo y, al mismo, tiempo, nos encanta el no poder hacerlo.

Es como ese espectador analítico que va a por ti y, al final, cuando le fundes los plomos de verdad, se viene abajo y se ríe como un niño.

Les has hecho el favor de liberarlo de su carga racional por un momento.

Yendo regularmente a la antigua librería Urbano de la Calle San Juan de Dios, en Granada, me obsesioné por un libro polvoriento que llevaba años muerto de risa en una estantería. Nadie pagaba su prohibitivo previo.

La Vía Mágica de Juan Tamariz.

Al principio lo ignoré, pues no entendía el exacerbado precio. Luego empecé a hojearlo. A tomármelo más y más en serio. Al final me lo leí de cabo a rabo y no tuve más remedio que comprarlo.

Con él despertó mi pasión por la teoría. Con sus principios uno podía sellar la caja del misterio de cualquier juego. Y nadie podría abrirla, ni siquiera atisbar lo que había dentro.

Llegué a creer incluso que gracias a la divina teoría uno podría perfeccionar un juego antes de presentarlo por primera vez.

Estaba equivocado.

No sé puede construir todo de antemano.

Tienes que probar y ver si el método engaña.

Tienes que sentir las reacciones y su falta.

Tienes que sopesar los momentos, las palabras y los tiempos.

Observar la danza de las miradas y de la atención de tus espectadores.

Tienes que estrellarte a veces, y aprender.

Eso sí, la búsqueda de la construcción perfecta a priori me llevó a investigar y a cosechar un buen puñado de principios para que un juego fuese realmente “resistente al análisis”.

Pronto publicaré el cuarto libro de la serie teórica con esta temática.

Un mago al que le tengo mucho cariño ha accedido a prologarlo.

Ya sólo falta ultimarlo. Tiene casi tantas páginas como las de los tres primeros juntos.

La teoría está muy bien, casi tan bien como esa patada que te saca al escenario por primera vez…

 

Una semana. Un mes. Un año.

Pasaba el tiempo y J. J. Abrams postergaba una y otra vez el momento de abrir la caja.

Realmente gozaba cada día de esa mezcla de impaciencia y posibilidades infinitas.

Han pasado más de cuarenta años.

Todavía sigue cerrada.

Esa caja es para él un símbolo permanente de su forma de concebir los guiones para cine y televisión.

La teoría de la Caja. La teoría de las infinitas posibilidades.

Si acabas de conocer a alguien, o estás sentado en la oscuridad del cine esperando a que empiece la película, sabes de qué hablo.

 

 

 

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