5 FACTORES QUE PUEDEN ARRUINAR TU CLÍMAX MÁGICO por Mariano Vílchez

5 formas de arruinar un clímax

Fue en una cena con amigos. 

Mi anfitrión era uno de mis compañeros de sesiones de los miércoles. Acabábamos de cenar y me pongo a ello.

Hago ese maravilloso efecto que llevo bastante tiempo ultimando. Y sí. Todo sale a las mil maravillas. Acabo. Levanto la vista. Y sucede.

O, mejor dicho, no sucede.

No hay una sola reacción. Sólo tibias y corteses sonrisas dentro una mayoritaria indiferencia. Miradas de condescendencia, incluso.

Estoy confuso. No sé qué he hecho mal. El juego tendría que haber suscitado una excelente reacción.

No entiendo nada…

Y es que, por mucho que controlemos la situación a la que llegamos en el momento del clímax de un efecto, en ocasiones surgen factores inesperados que pueden dar al traste con el impacto final. Algunos de estos factores -más que indeseables- pueden preverse y manejarse, a veces con astucia, otras con un toque de teoría.

 

DISPARAD AL INTRUSO

Imagina esta situación. Estás a punto de revelar que los cuatro ases se han reunido en el paquete del as líder cuando suena el móvil de uno de los espectadores, o llega el camarero para tomar el pedido o, más jodido aún, alguien vuelca de repente su botellín de cerveza por un gesto torpe.

Y sí. Un clímax es algo muy frágil. Una interrupción en el momento previo a la revelación y todo el chiringuito se viene abajo. La fuerza del impacto se pierde por completo.

Podrías hacer como David Stone en su DVD y dispararle al camarero que entra a tomar la comanda.

Bromas aparte, si te sucede algo de lo anterior, estás bastante jodido, aunque todavía puedes recurrir a alguna estrategia para salvar los muebles.

En mi caso:

1. Si suena un móvil, levanto la palma hacia el espectador en cuestión y le digo:

¿Es importante? Es que voy a acabar en un momento.

Si me dice que no, sigo con la revelación. Si me dice que sí, le pregunto educadamente si puede contestar lejos de la mesa.

(El tomar esa decisión también depende del grado confianza y complicidad que tengas con los comensales, no es lo mismo una cena de amigos que estar animando profesionalmente las mesas de un restaurante.)

Una vez resuelto el problema, recapitulas brevemente la situación -aunque la interrupción haya sido mínima-, pues hay que retomar el pulso y la tensión del momento.

Bueno, recordad. Acabábamos de poner un as en cada montón y tú has puesto tu mano encima de éste de aquí…

2. Si irrumpe alguien en la habitación, levanto la palma hacia esa persona sin mirarla siquiera –mi mirada sigue pendiente del tapete o donde quiera que vaya a suceder la magia, de modo que los espectadores desconectan menos e ignoran más fácilmente a la persona que irrumpe- y entonces digo:

Disculpa, estamos terminando una magia.

A continuación, recapitulo brevemente la situación –a veces no es necesario, pues notas que los espectadores siguen conectados a la situación, al haber manejado bien la irrupción- y procedo a la revelación.

3. Si sucede un accidente, como un botellín que se vuelca, lo resuelvo rápidamente. Enderezo la botella, limpio superficialmente, comento lo sucedido y recapitulo –ahora sí, obligatoriamente- la situación previa a la revelación.

¡Que no cunda el pánico! Ponemos esto aquí, limpiamos así y, chicos, a pesar del accidente, recordar que habíamos puesto un as encima de cada paquete…

No te engañaré, a pesar de estas medidas, a veces el clímax se te habrá jodido definitivamente, pero al menos lo habrás intentado.

 

EL ESPECTADOR LA CAGA AL REVELAR EL CLÍMAX

Si pones la revelación del clímax en mano del espectador, te expones a que se cargue la fuerza del mismo.

El problema estriba en el timing. El espectador puede revelar el clímax demasiado pronto o, lo que es casi peor, demasiado tarde, lo que puede hacer que su diluya por completo. El espectador no tiene consciencia de tal problema, ni tiene el por qué tenerla. Tan sólo actúa naturalmente.

Ahí van algunos ejemplos.

1. Has realizado un triunfo. El espectador extiende la baraja para comprobar que todas las cartas están de dorso salvo la elegida. Pero resulta que tiene problemas al extender, tarda mucho en hacerlo y para colmo no se ve la carta elegida de cara. Al final, la tienes que buscar tú. Sorprendentemente, todo este tiempo ha mermado increíblemente la fuerza del clímax.

2. Los ases han viajado en el paquete que está mano la mano del espectador. Le pides que los revele. Por los nervios o simplemente porque estás trabajando en la mesa de un bar sin tapete, el espectador no consigue girar las cartas. Al final, las giras tú. Una vez más, el clímax ha perdido gran parte de su fuerza.

La razón teórica de que una revelación demasiado lenta se cargue un clímax estriba en que los espectadores, tras atisbar en qué consiste el efecto, rápidamente lo dan por hecho, de modo que si tardas mucho  en mostrarlo, al haberlo asumido intelectualmente del todo, su visión retardada al final ya no causa apenas efecto.

El timing debe de ser: atisbo (comienzo a entender lo que va a pasar…) e inmediatamente, revelación. Por eso, si el espectador, por una comprensible falta de pericia, no revela lo suficientemente rápido, entonces se produce un anticlímax de índole intelectual. El espectador ha comprendido y asimilado lo que va a pasar, y ya no lo valora tanto al verlo, sino que, de algún modo, lo da por hecho.

Por ello, en la mayoría de estas ocasiones, es preferible que realicemos nosotros mismos la revelación a que lo haga el espectador, aun cuando al final ensuciemos un poco la cosa al tocar nosotros.

(No obstante hay revelaciones que el espectador puede hacer sin problemas por su facilidad. Por ejemplo, en la última moneda del pasa pasa de David Roth, el espectador sólo tiene que abrir la mano para ver que la cuarta moneda ha viajado a su interior.

Y aun cuando el resto de los espectadores no aprecien inmediatamente esa cuarta moneda, la cara de pasmo del espectador al descubrirla se contagiará al resto del público, lo que le permite asumir que el efecto realmente ha sucedido hasta que llega el momento de corroborarlo visualmente.)

 

EL ESPECTADOR BOCAZAS

A veces basta que un espectador comente algo inmediatamente después del clímax para que la atmósfera de la revelación se venga abajo. De hecho, lo que más destruye el clímax es un comentario sobre el método del efecto, sea éste acertado o no.

Recuerdo una ocasión en la que articulé una elaborada carta al número donde un espectador elegía una carta, otro decía un número y otro cortaba la baraja, tras lo cual se comprobaba asombrosamente que la carta elegida estaba en el número elegido. (Este milagro combinaba el principio del soplo mágico de Tamariz, un control por crimp y el increíble falso de corte de Jay Ose -hecho por el propio espectador.)

Pues bien, se me ocurrió introducir un papel flash en un ritual que te describo a continuación. Una vez armado el efecto (la carta estaba ya en su número), le di la bolita de papel al espectador que había elegido el número para que la sostuviera y pensase en él, y luego se la di al espectador que había elegido la carta para que hiciera lo propio con su carta. Entonces recogí la bolita –que había recibido la impronta de ambos espectadores-, le prendí fuego y la lancé sobre la baraja.

La bola de fuego se desvaneció sobre el mazo e inmediatamente un espectador lo cogió y se comprobó que la carta elegida estaba en el número nombrado.

El impacto fue demoledor, pero inmediatamente un espectador (que tenía ciertos conocimientos de química) comentó:

El papel está tratado con ácido nítrico, ¿verdad?

En ese mismo momento la atmósfera mágica cayó por los suelos. Hubo unas risitas. Alguna queja de algún espectador por haberse roto el momento. Pero, en resumidas cuentas, fin del clímax.

Ya no importaba la forma imposible en que una carta elegida se había colocado en una posición solicitada. El papel flash ardía por una causa química, y ello bastaba para dar al traste con toda la atmósfera de misterio.

En el precioso instante posterior al clímax están permitido expresiones de asombro, tacos e insultos cariñosos, si me apuras, pero nunca un intento analítico (sea éste acertado o no).  En situaciones informales es complicado preservar siempre esos segundos de tal factor. También lo es dar con la respuesta adecuada para limitar al máximo la merma del clímax de la revelación que estos comentarios generan.

 

POR LA BOCA MUERE EL PEZ, CUANDO EL BOCAZAS ERES TÚ.

Yo he cometido este error mucho tiempo.

El propio mago rompe su clímax con algún comentario fruto del ego, de la necesidad inconsciente de tranquilizar a algunos espectadores ante el abismo del asombro –algunos con desencajadas caras de susto.

A veces es un cierto pudor por haber ejercido demasiado impacto, demasiado poder. Algo similar al pudor que sucede cuando algunos artistas intentan limitar el tiempo del aplauso.

Son muchos años de practicar…

Hay mucha psicología en lo hago…

En parte es sugestión…

Manipulo tu percepción…

Un conocimiento acumulado tras años de estudio…

 

Finalmente llegué a la conclusión de que la mejor respuesta es el silencio.

Revelas por ejemplo el resultado del Fuera de este mundo. La espectadora mira las cartas separadas por colores. No da crédito. Te mira a ti. Luego a las cartas. Y otra vez a ti.

Es la maravillosa sensación de asombro primigenio del que habla Paul Harris en la que el espectador se queda unos instantes en stand by.

Y tú callas. No le das nada a lo que agarrarse. Simplemente la miras a los ojos, sereno –tal vez con mirada de autoasombro, si eres capaz de recordar la emoción que te produjo el juego la primera vez- y dejas que se alargue la sensación todo lo posible.

Misterio absoluto.

Misterio total.

 

UN ESPECTADOR ANTICIPA EL CLÍMAX EN UN EFECTO SORPRESA

Esto es muy molesto y puede suceder de vez en cuando.

Pepe Carrol explicaba en un maravilloso artículo de sus 52 amantes la distinción entre efectos suspense y efectos sorpresa, inspirado por la propia distinción del director del cine Alfred Hitchcock entre los conceptos de suspense y sorpresa.

(Te recomiendo, dicho sea de paso y si no lo has leído aún, el libro de Truffaut El cine según Hitchcock, donde el maestro del suspense revelado sus secretos cinematográficos al cineasta francés. Puedes sacar de él unos cuantos principios muy útiles para aplicar a tus guiones.)

En síntesis, en los efectos suspense el mago anuncia abiertamente lo que va a suceder. Estos efectos son muy claros y potentes, pues el espectador está al mando y, sabiendo lo que tiene que pasar, está alerta a los factores que pueden determinar el desenlace favorable. El problema es que este tipo de efectos requiere una construcción muy precisa y métodos muy ingeniosos para la rutina sea totalmente resistente al análisis.

Aun sabiendo lo que iba a pasar, me la has colado.

Un ejemplo de este tipo de efectos es La predicción abierta. Pongamos que el mago empieza a dar cartas de dorso sobre la mesa y le dice a un espectador que éste lo va a detener en una carta determinada, y además le dice que esa carta es precisamente el Dos de picas. Imagínate la tensión que se crea, y la extrema claridad y potencia del efecto.

En los efectos sorpresa, en cambio, no se indica exactamente cuál va a ser el desenlace. Quizá en algún momento se puede sugerir algo, pero no nunca se verbaliza abiertamente.  A menudo, en estos efectos no se muestra claramente la situación inicial, ya que es falsa y se da a entender por el mecanismo del autoconvencimiento, a través de las llamadas acciones sedales (término acuñado por Ascanio).

Un ejemplo típico es la transformación de una baraja de dorso azul en una de dorso rojo, en la que, desde el principio se parte de una baraja roja pero con una carta de dorso azul en posición top introducida en un estuche también azul. Se presenta la baraja y a partir de una serie de acciones sedales (el propio estuche azul, una mezcla hindú, etc.), se permite que los espectadores asuman que la baraja es de dorso azul sin afirmarlo directamente.

Pues bien, en este tipo de efectos sorpresa, a veces es perjudicial que algún espectador anticipe el clímax y lo verbalice antes de que se produzca.  La razón estriba es que este espectador “spoiler” se carga todo posible atisbo de clímax y la fuerza que puede conllevar su sorpresa.

Un ejemplo sencillo. Estás realizando una asamblea con el añadido de Braue. Parece que colocas cada as en un paquete distinto, cuando en realidad todos los ases acaban junto al as líder. En este caso se ha establecido un situación de partida (en la que los ases se muestran juntos) tras la cual, mediante una falsa discontinuidad (el falso reparto de estos ases) los espectadores van a asumir una falsa situación inicial (la de que, supuestamente, se encuentra un as en cada uno de los paquetes, cuando en realidad todos están junto a as líder).

En esta situación no se puede mostrar abiertamente dicha situación inicial (mostrar un as en cada paquete, algo que un asamblea tipo McDonald sí permitiría mostrar). Por lo tanto, aquí predomina el factor sorpresa, de modo que no conviene que se anticipe el efecto que se avecina.

Si por ejemplo, muestras que en el primer paquete ya no se encuentra el primer as, algún espectador podría adelantarse al desenlace:

Seguro que los ases están ya junto al as líder.

Sólo por este adelanto, y a pesar de la imposibilidad del efecto, la fuerza del clímax se viene abajo, pues se pierde toda la sorpresa y cualquier posibilidad de atisbo. Este simple comentario da al traste con el efecto.

(Esto no ocurriría en una asamblea tipo McDonald, donde cada as se sigue viendo en su paquete hasta que desaparece. En este caso, los espectadores no se adelantan al viaje de los ases al paquete líder, sólo lo terminan de atisbar cuando ha desparecido el último as.)

Para evitar este problema, últimamente, cuando presente este efecto, procuro aplicar un par de detalles.

El primero es que muestro claramente que echo tres cartas indiferentes mediante una combinación de falsa pista y acción en tránsito.

(La estratagema se explica detalladamente en mi segundo ebook  Los pilares del asombro 2: limpieza, recientemente publicado.)

El segundo detalle es que no muestro la desaparición individual de cada as, sino en conjunto la de los tres. Lo que hago es apilar los tres paquetes donde supuestamente están los tres ases, realizo un gesto mágico y extiendo las doce cartas juntas, no viéndose ningún rastro de ases, e inmediatamente muestro los tres ases junto al as líder.

De este modo me aseguro de que nunca anticipan el clímax y de que el clímax nunca va a perder fuerza por un comentario inoportuno.

Otro ejemplo del mismo estilo. Hace años me dio por hacer el efecto de la carta larga. Por si no lo conoces, se trata de una carta alargada que tiene 10 puntos alineados, pongamos que diez corazones. Si se coloca esta carta en un bolsillo interno de la chaqueta, al asomar, se ven sólo 3 puntos, con lo que asume que se trata de un Tres de corazones.

Lo que haces entonces es forzar el diez de corazones, hacer que lo pierdan en la baraja y anunciar que tú ya tenías predicha la carta que iban a elegir. Abres la chaqueta y se ve el tres de corazones. Cuando la gente protesta por tu error, empiezas a tirar de la carta y se ven los diez puntos.

Éste es un juego muy divertido que estuvo de moda hace años.

Pues, bien. Dejé de hacerlo un día en que alguien anticipó el desenlace. Seguramente esa persona ya había visto el efecto en alguna ocasión –como te digo, estuvo muy de moda- y se anticipó al efecto.

Cuando abrí la chaqueta, mostrado el tres, esta persona se limitó a decir lo siguiente.

Anda, tira de la carta…

Resultado: clímax cero. Un efecto que solía suscitar una buena reacción cosechó la total indiferencia de los espectadores, sólo por este simple comentario del espectador “spoiler”.

Cuando más originales sean tus rutinas, menos copiadas de otros y más sacadas de DVD o de libros currados por ti, menos probable es que se anticipen a un clímax cuando no conviene que lo  hagan.

(En mi próximo ebook  Los pilares del asombro 3: potencia del clímax compartiré varias estrategias para prevenir este problema.)

El caso es que ninguno de estos cinco factores descritos estuvo presente la noche de la cena dada por mi compañero de sesiones de los miércoles. Y así estuve unos instantes en babia sin entender lo que había sucedido. La falta de reacción de los comensales constituía para mí un efecto mágico de por sí, un misterio por desentrincar.

Al final, no encontré más solución que la de admitir que el juego en el que tantas esperanzas había depositado era, en realidad, una auténtica bazofia.

A esa conclusión llegué… hasta que mi compañero de sesiones, mi anfitrión, me aclaró el misterio.

Me miró con una cara de circunstancias, a mitad de camino entre la incomodidad y la compasión.

-Lo siento, Mariano. Es que les he hecho el juego justo antes de que tú llegaras.

Acabáramos. Siento una mezcla de fastidio y alivio. Yo había compartido ese efecto con mis colegas de sesión en la reunión del miércoles previo y mi colega se había adelantado a mi estreno en la cena.

Más allá del fastidio  por no haber gozado del estreno de mi “creación”, siento al mismo tiempo un enorme alivio por comprobar al menos que la falta de reacción no se debe a la debilidad del juego.

-¿Ha tenido impacto, al menos? – le pregunto.

-Ha sido un pelotazo –me comenta sonriente.

Verdad o  mentira, su respuesta me alivia al instante.

 

PD. En breve te adelantaré algo de mi próximo ebook Los pilares del asombro 3: potencia del clímax donde voy a tratar de los conceptos teóricos que permitan potenciar al máximo el impacto de la revelación –y otros que minimizan la merma del mismo ante factores adversos.

 

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